Soto la Marina, Tamaulipas.- Humberto «El Compita» Sosa Gallegos cumple su primer centenario de edad y, aún así, lo vemos por esas calles de Dios vendiendo periódicos, tomando fotografías, ganándose la vida.
Su esposa Juana tiene 106 primaveras, pero el presidente municipal, Juvenal Martínez Vázquez, la borró de la lista de beneficiarios del sistema de despensas del DIF que manda el Gobierno del Estado cada mes para los pobres y los ancianos.
Invitamos a Sosa a sentarnos en una banqueta y ahí, bajo algunas miradas indiscretas de transeúntes, nos va contando la historia de su vida, de sus aventuras por los Estados Unidos, del rodar por el mundo desde muy joven.
-La vida ha sido muy dura conmigo, manifiesta.
Su padre violó y tuvo familia con sus tres hermanas (de El Compita), allá en su tierra natal de Estación Carbón, Ver.
Y luego, cuando Humberto tuvo su primera esposa, su padre también le ganó con ella.
-Si no lo maté fue porque era mi padre!.
De ahí, nuestro hombre se fue por el mundo a rodar, a sufrir.
Un día, hará alrededor de 30 años, llegó a Soto la Marina, donde hizo su forma de vida pero también se hizo viejo.
Su principal achaque es una dolencia en la pierna derecha que no lo deja en paz.
COMER CARNE DE LOS CABALLOS
Muy joven, dice, le tocaron los últimos cocolazos de la Revolución Mexicana, con los carrancistas.
-Fue muy duro esto…sólo nos decían, vamos a la bala!…Si no vas te echamos un mecate.
-¿Los colgaban?
-Sí, aunque uno no sabía por qué iba a pelear!.
-¿Tenían qué ir?
-Claro!. A un compañero lo tumbaron y la carne del caballo nos la comimos!
El Compita -como se le conoce en todo el pueblo- da un suspiro y luego reanuda su plática.
-De ahí, una vez que se terminó toda la cosa, me fui a navegar, a luchar, porque mi padre me dejó desde los ocho años.
Reitera sobre su padre:
-La historia es muy larga. El violó a mis tres hermanas y tuvo familia con las tres. Y yo, cuando tuve edad me junté con una mujer y también me la ganó.
Sosa Gallegos no tuvo escuela pero «garabateo letras» y le entiende a cualquier escritura.
Y, mientras va narrando parte de su vida, El Compita nos va enterando de las novedades de la región, de temas de reportajes. Dice por ejemplo que le comentaron que la semana anterior aterrizó un platillo volador adelante del ejido Las Tunas, por donde está una tubería de PEMEX.
AL SERVICIO DEL PERIODISMO
Hace años, no se acuerda cuantos, El Compita ingresó al mundo de la fotografía «con una camarita vieja» que consiguió por ahí.
Bueno, todavía toma quinceañeras y bodas, cuando se lo solicitan.
Pero un día, cuando se hallaba en Estación Manuel hubo un accidente carretero y, como estaba a la mano, tomó las imágenes.
Vino luego un corresponsal de El Sol de Tampico y lo invitó a ir al puerto y lo presentó con el director Rubén Díaz de la Garza, quien le pidió que colaborara para su empresa.
Lo aceptó y le dieron su respectiva credencial.
Después comenzó a colaborar con varios medios impresos, a los que enviaba información y a la vez vendía los ejemplares, como lo sigue haciendo, y son muchos sus clientes.
Aunque el recurso no le alcanza, al menos comen él y su esposa Juana Calles Santiago, oriunda también de por allá de Veracruz.
-Yo he sido muy golpeado en el mundo, establece con plena lucidez.
«MATARON A TRES»
Ahora, nuestro hombre toca el tema de cuando anduvo «de mojarra» por los Estados Unidos, que fueron varias veces y por varios años. En no pocas ocasiones lo echaron para México.
-En una ocasión entramos cinco y mataron a tres; al otro lo agarraron y yo me les fui. Me arrastré entre nopaleras y tasajillos…Me espiné pero me les escapé (a la Migra).
-¿Hasta dónde llegó?
-Estuve, fui hasta Utah donde trabajé en el corte del durazno, betabel, frijol verónico, toronja y naranja y hasta que llegué a Texas al algodón.
Critica la forma tan dura que las autoridades americanas tratan a los mexicanos, y pone el ejemplo.
-Una vez estábamos presos, arriba los hombres y abajo las mujeres y cuando nos llevaron a la corte nos trasladaron con cadenas en los pies con bolas de plomo; cadenas en el pescuezo y esposas en las manos, cadenas.
De ahí los aventaron hacia México por distintas vías. A él le tocó por barco hasta Veracruz.
-Esta fue una vez ¿y otra?
-Entré por Monterrey, contratado, nos dieron una carta, pero cuando íbamos a comprar a los supermercados, los sana babich nos cerraban las puertas para que no entráramos. No querían a los mexicanos.
-¿Hizo dinero allá?
-Sí, me aliviané un poquito, y pude haber seguido, pero había unas heladas muy tremendas.
PILONCILLO CON POLVORA
La plática con El Compita se va alargando.
-¿Qué más recuerda de la Revolución?
-Nos daban de comer piloncillo con pólvora para que siempre anduviéramos bien animados… Y no teníamos miedo a nada. A mi me dieron con un espadachín en la cabeza.
Se quita la gorra y enseña la cicatriz que le quedó de por vida.
-¿En dónde fue?
-Allá por Magozal, Ver. Toda esa sierra la batíamos.
-¿Cuántos balazos tiene?
-Nomás uno…
Sigue manifestando que en la Revolución la disciplina era muy estricta: Nos mandaban y nos decían: No me vaya a salir con que… Ahí se odiaba la mentira.
Pero el espacio se termina, sería imposible incluir toda la vida de El Compita, así que solo agregaremos algo que tal vez a nuestros lectores interese.
-¿Por qué le dicen El Compita?
-Allá por Veracruz así se acostumbra…Yo así le hablo a la gente.
Son las once de la mañana y nuestro entrevistado se va a comer no sin antes contarnos la historia de un arquitecto bandido que trabaja para ITCA que defraudó a medio Soto la Marina.
A él, Compita, le saqueó su casa que le había rentado.

