¿Cómo se comprueban los milagros…?
Lic. francisco Javier Álvarez de la fuente
A partir del desarrollo del híper-racionalismo en un principio, y luego del odio anticatólico que atraviesa el mundo actualmente, todos hemos escuchado en numerosas ocasiones que, o bien los milagros no existen, o es imposible corroborar su veracidad. Sin embargo, hoy más que nunca la Santa Iglesia se mueve en este terreno con el estudio, la cautela y la sabiduría más impresionantes a la hora de determinar la realidad de los mismos, aportando así a los fieles la esperanza y el amor a estos regalos que Nuestro Señor nos da gratuitamente.
La acepción común de la palabra “milagro”, y tal como lo entiende la Apología, esto es, a fin de que pueda aducirse como prueba, sería: “La manifestación extraordinaria de Dios, mediante un hecho sensible que ningún agente creado puede producir”.
Tres condiciones, por tanto, son necesarias para que un hecho sea en realidad milagroso:
1ª) que el hecho caiga bajo el dominio de los sentidos;
2ª) que el hecho supere las fuerzas de cualquier agente creado y
3ª) que reconozca a Dios por autor
El milagro ha de ser, en primer lugar, un hecho sensible, esto es, que pueda ser examinado, considerado y apreciado al igual de los que se producen en la vida ordinaria, como sería, por ejemplo, ver con vida a un hombre que había estado muerto y en putrefacción; con vista a un ciego de nacimiento; andando repentinamente, al impulso de una sola palabra, a un paralítico de toda la vida; hablando repentinamente diversas lenguas a un hombre rudo y sin instrucción, etc. Estos son hechos que pueden ser observados y verificados.
Este hecho sensible ha de superar las fuerzas de cualquier agente creado; de lo contrario, podría atribuirse a una causa natural.
Y aquí se ha de tener presente, para ocurrir a los reparos de los que impugnan el milagro, que aunque no sabemos todo lo que pueden las fuerzas de la Naturaleza, sí sabemos hasta dónde no llegan; y éste es fundamento más que suficiente para asegurar el origen extra natural de los efectos que llamamos milagrosos. Así sabemos con toda certeza que no hay ley física alguna que de la vida a los muertos, la efusión de lágrimas o sangre a una imagen de yeso o madera, la curación súbita e instantánea de un leproso, o que haga surgir el hueso de una pierna o de un brazo, por ejemplo. Al hallarnos, pues, en presencia de un hecho de esta índole, podemos asegurar sin temor de equivocarnos que su causa productora no ha de buscarse en la Naturaleza ni en ninguna de sus leyes por oculta y desconocida que se la quiera suponer.
Finalmente, para que exista el milagro propiamente tal, es preciso que ese hecho sensible y contrario a las leyes de la Naturaleza sea producido por Dios. Al conocimiento de esta condición nos llevará el examen del hecho en sí mismo, o bien el estudio de las circunstancias en medio de las cuales el hecho se produce.
Entendemos por ley de la Naturaleza la manera constante y universal con que vuelven a producirse los mismos fenómenos en idénticas circunstancias.
Hay quienes afirman que es imposible comprobar el milagro con certeza, porque todo hecho milagroso escapa necesariamente, según ellos, a nuestras investigaciones.
Para que un milagro quede plenamente comprobado, basta únicamente establecer dos puntos:
1º) la existencia del hecho en sí y
2º) la naturaleza milagrosa del mismo
Decimos que se dan milagros cuya existencia puede conocerse y cuya naturaleza es dado discernir científica y filosóficamente.
En efecto, como el milagro lo constituye un hecho sensible, por su naturaleza misma tiene que caer bajo el dominio de los sentidos o bajo el testimonio humano, siempre que éste venga acompañado de los requisitos indispensables al mismo.
La curación instantánea de un leproso, la resurrección de un muerto en putrefacción, son hechos cuya realización se trata de examinar por medio de los sentidos: que estos hechos tengan o no carácter milagroso pertenece al raciocinio y no a los sentidos. No hay duda, pues, de que estos hechos considerados como tales, pueden ser objeto de nuestro conocimiento.
