A cinco años de la “Spe salvi”…
Lic. francisco Javier Álvarez de la fuente
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El 30 de noviembre de 2007 Benedicto XVI publicaba su segunda encíclica. Su título, “Spe salvi”, recogía una cita de san Pablo, Rm 8,24: “Hemos sido salvados en la esperanza”.
El tema de la esperanza resulta clave para la vida de todo ser humano. Sin esperanza no podemos dar un paso adelante en el camino de la vida.
La reflexión del Papa arrancaba desde dos preguntas: “Ahora bien, se nos plantea inmediatamente la siguiente pregunta: pero, ¿de qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata?” (“Spe salvi” n. 1).
Para responder, Benedicto XVI sigue un largo camino. Expone al inicio la relación íntima que une la fe a la esperanza. Explica la idea de esperanza en el Nuevo Testamento y en las primeras comunidades cristianas. Aclara la noción de vida eterna, que tanta importancia tiene para comprender la vida presente. Discute sobre la ofuscación de la esperanza en el mundo moderno, obsesionado por la idea del progreso y defraudado ante situaciones absurdas que ni la técnica ni las filosofías sin Dios han podido solucionar.
El camino cristiano arranca desde una certeza: la realidad del amor de Dios en la vida personal de cada ser humano. Esta certeza brilla de modo especial en la multitud de santos y testigos de todos los siglos.
Nadie puede decir que no tiene motivos de esperanza, porque todos podemos hacer nuestras estas palabras del Papa:
“Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme -cuando se trata de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de esperar-, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad…; el que reza nunca está totalmente solo” (n. 32).
Necesitamos recordarlo, para vivir con una “gran esperanza”. Por eso la encíclica de Benedicto XVI, después de un lustro, merece ser no sólo recordada, sino leída pausadamente, serenamente, meditativamente. Será una excelente ayuda para sentir que el amor de Dios da un sentido maravilloso a todas y a cada una de las existencias humanas.
Y precisamente por ello me permití recordar que van a cumplirse los primeros cinco años de la “Spe salvi”, pero no solo para recordarla sino para que quien quiera y pueda leerla y meditarla lo haga, porque como ya lo dije antes contiene todo un tesoro que puede ayudarnos a comprender y afrontar todos los acontecimientos diarios, pero sobre todo desde el punto de vista cristiano y para hacer lo propio… ¡Aquí estamos!
