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¡Aquí estamos!

6 noviembre, 2012
in Editoriales
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“Caridad que transforma…”

Lic. Francisco Javier Álvarez de la Fuente

[email protected]

Ni las universidades, ni la preservación del acervo greco-latino, ni las enseñanzas académicas, ni el impulso y la contribución científica han sido lo más decisivo que ha aportado el cristianismo a la cultura occidental. De hecho, hay que remontarse a los primeros siglos de nuestra era, a la epístola neo testamentaria de san Pablo a los gálatas, para entender y sopesar la valía de la novedad que Cristo aportó al mundo en temas específicos como los derechos humanos, el derecho internacional, la educación y la caridad.

La primera carta magna de los derechos humanos no se remonta al 10 de diciembre de 1948, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó y proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Fue san Pablo quien en el versículo 28 del capítulo III de su carta a los gálatas recordó que “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Corría el primer cuarto del siglo I de nuestra era. Comenzaba así la revolución cristiana de la igualdad de derechos y obligaciones para todos.

Los griegos y los romanos no conocieron la dignidad de la persona. Son bien conocidas las prácticas de selección humana que aplicaban estos pueblos a los neonatos, la condición de la mujer en un Estado donde no tenía voz ni voto y las situaciones de esclavitud que el cristianismo reprobaba.

Es a un fraile católico español, al sacerdote dominico Francisco de Vitoria (1486-1546), a quien debemos las bases del Derecho Internacional. En su lección De Indis abordó el asunto de los derechos de la corona española, en la conquista de América, y los derechos de los nativos. Como recuerda Carl Watner, Vitoria “defendió la doctrina de que todos los hombres son libres, y, sobre la base del estado de libertad natural, proclamaron su derecho a la vida, a la cultura y a la propiedad”. Otra de las contribuciones que debemos al “padre del Derecho Internacional”, aunque quizá más estrictamente hemos de atribuirla a Tomás de Aquino (1225-1274), es la costumbre de hacer tomar apuntes a los estudiantes universitarios a quienes impartía clases.

Fray Bartolomé de las Casa, también dominico español, y quien llegó incluso a obispo de Chiapas, México, fue un gran defensor de los derechos indígenas al grado de ser considerado universalmente como uno de los precursores, en la teoría y en la práctica, de los derechos humanos. El código moral que emanaba de su arraigada fe católica le llevó a dignificar la vida de los nativos chiapanecos.

Pero para entender la caridad cristiana, que no surgió de la nada, hemos de remontarnos a las enseñanzas de Jesucristo mismo. En el capítulo 13, versículos 34 y 35, el evangelista san Juan recoge las siguientes palabras de su Maestro Jesús: “Un nuevo mandamiento os doy: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Así todos sabrán que sois mis discípulos”. Y en la carta de san Pablo a los romanos (Cf. capítulo 12, versículos14 al 20; o también en Gal 6, 10) el apóstol de los gentiles explica que aquellos que no pertenecen a la comunidad cristiana, también se les debe la caridad, aun si son enemigos de la fe.

Fue la caridad cristiana la que sorprendió al Emperador Juliano el Apóstata quien en una de sus cartas reconoce: “Mientras que los sacerdotes paganos desprecian a los pobres, los odiados galileos (es decir, los cristianos) se entregan a obras de caridad y, en un alarde de falsa compasión, establecen y cometen los más perniciosos errores. Ved sus banquetes de amor y sus mesas dispuestas para los indigentes. Esta práctica es común entre ellos y provoca desprecio hacia nuestros dioses”.

“Con el paso de los años y de la difusión progresiva de la Iglesia –escribe Benedicto XVI en la Encíclica Deus Caritas est– el ejercicio de la caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales, junto con la administración de los Sacramentos y el anuncio de la Palabra: practicar el amor hacia las viudas y los huérfanos, los presos, los enfermos y los necesitados de todo tipo, pertenece a su esencia tanto en el servicio de los Sacramentos y el anuncio del Evangelio”.

Así las cosas, de todo lo anterior podemos concluir que la Iglesia Cristiana Católica, ha dado pie para las instituciones actuales, como son el Derecho Internacional y los Derechos Humanos, y para seguir conociendo de lo mucho que ha hecho por la humanidad nuestra Iglesia Cristiana Católica sobre todo con caridad transformadora… ¡Aquí estamos!

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