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¡Aquí estamos!

9 marzo, 2012
in Editoriales
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¡El matrimonio homosexual o la politización de la naturaleza…!

Lic. francisco Javier Álvarez de la fuente

[email protected]

La intención del reconocimiento legal del matrimonio homosexual en todas las legislaciones locales, como ya se dio en el Distrito Federal, es un hecho político que busca eliminar la identidad del verdadero matrimonio, una consecuencia de la politización que se ha hecho de la naturaleza humana con el fin de modificarla y refundarla desde la legislación. Hay que decirlo desde el principio: nunca hubo normativa alguna, en ninguna cultura, que pretendiese reconocer las uniones homosexuales como verdadero matrimonio.

La nihilista revolución francesa ya no tomó como base del orden humano la naturaleza humana, conforme a la idea de un orden natural, sino según el nuevo orden constitucional: el hombre como cuestión de derechos, modificable hasta la descomposición. Es moderno -sostenía Nicolás Gómez Dávila quien fuera un escritor y filósofo colombiano. Ha sido uno de los críticos más radicales de la modernidad. – lo que sea producto de un acto inicial de soberbia, lo que parezca permitirnos eludir la condición humana.

La Iglesia católica ha pulsado ya el botón de alarma ante el proyecto de legalizar el matrimonio homosexual. Según el cardenal Keith O´Brien, se trata de “una grotesca subversión de un derecho humano universalmente aceptado”, afirmando, asimismo, que “ningún gobierno tiene la autoridad moral para desmantelar la definición universalmente reconocida del matrimonio”.

El matrimonio homosexual es un contrasentido, un error conceptual, una incoherencia de dos principios que se contraponen de un modo inaceptable, una manipulación, una mentira y una injusticia, en cuanto no respeta la gramática del lenguaje corporal entre un hombre y una mujer.

No se trata de rechazar un conflicto, sino de negarlo, declarando abiertamente su falta de existencia: no existe el matrimonio homosexual. Someter la naturaleza, en lugar de reconocerla, modificar el lenguaje del amor tendrá como resultado contradecir una noción universalmente admitida, que no ha perdido ninguna vigencia.

Pero es que, además, no puede decidir la legislación el matrimonio, fundado en el sólo afecto y la satisfacción personal, en la libertad y la cultura, en el deseo como la categoría que lleva a la unión o la rápida separación.

El reconocimiento del matrimonio homosexual y su equiparación con la familia es una injusticia cometida por el legislador, que no puede conceder a los homosexuales los derechos reservados a los esposos.

En su Alocución al Tribunal de la Rota Romana (21-I-1999), el Papa Juan Pablo II afirmó la incongruencia de pretender atribuir una realidad conyugal a la unión entre personas del mismo sexo. Se opone a esto, ante todo, “la imposibilidad objetiva de hacer fructificar el matrimonio mediante la transmisión de la vida, según el proyecto inscrito por Dios en la estructura del ser humano”, y se opone igualmente, “la ausencia de los presupuestos para la complementariedad interpersonal querida por el Creador, tanto en el plano físico-biológico, entre el varón y la mujer”. La idea de equiparar las relaciones homosexuales con el matrimonio en lo relativo a sus consecuencias jurídicas significaría tanto como tratar “igualmente” lo desigual, lo cual va contra el propio principio de igualdad. Tratar a los homosexuales con igualdad significa tratarlos de manera diferente que a los esposos, porque son dos realidades distintas.

Es una obviedad -que brota de la misma constitución somática y psíquica del ser humano- la alteridad hombre-mujer en orden a una vida sexual específicamente humana. La sexualidad es el fecundo lenguaje corporal del amor entre un hombre y una mujer, y tiene su lugar propio en el matrimonio, único “lugar digno” para traer al mundo un ser humano, como afirmara hace unos días Benedicto XVI.

Y para seguir poniendo el dedo en el renglón en este tema, en defensa del matrimonio universalmente reconocido y fundamento de la familia… ¡Aquí estamos!

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