Güémez, Tamaulipas.– Desde muy temprano, cuando apenas despuntaba el alba, el ejido Las Crucitas comenzó a vestirse de fiesta.
A las seis de la mañana, el repique de la campana llamó a misa, marcando el inicio de una jornada larga, intensa y profundamente significativa: el festejo por el 97 aniversario de su fundación, ocurrido en abril de 1929.
El día avanzó con ritmo festivo. A las once, el evento cultural reunió a familias enteras en la explanada ejidal, entre música, danzas y la participación de la comunidad. Más tarde, a la una de la tarde, los manteles largos se extendieron para compartir los alimentos, en una comida abierta donde no faltaron las risas, los saludos y el reencuentro entre generaciones.
Pero Las Crucitas no sabe celebrar a medias. A las tres de la tarde, el jaripeo encendió los ánimos entre toros y vaquillas, levantando polvo y aplausos, mientras que por la noche, a las ocho, la tradicional callejoneada recorrió la mancha urbana, llevando música, alegría y ese sentido de pertenencia que distingue a las comunidades rurales de Tamaulipas.
En medio de la celebración, hizo presencia el presidente municipal de Güémez, Lorenzo Morales Amaro, quien no solo acudió a acompañar a la comunidad, sino que también inauguró obras de beneficio colectivo, resultado del trabajo conjunto entre autoridades y habitantes.
Al tomar la palabra, el alcalde reconoció el esfuerzo de los ejidatarios y vecinos, destacando que, a pesar de ser una comunidad pequeña —con apenas 24 ejidatarios—, Las Crucitas es ejemplo de organización, entusiasmo y trabajo. Subrayó que muchas de las obras realizadas han sido posibles gracias a la colaboración directa de la gente, que aporta y se involucra para sacar adelante sus proyectos.
El edil inauguró obras en beneficio de la comunidad, como la ampliación de la techumbre de la explanada ejidal e instalación de las letras representativas de la comunidad.
Pero más allá de las obras y los festejos, el momento tomó un tono de reflexión y memoria. Morales Amaro hizo un llamado a rendir homenaje a quienes fundaron la comunidad, hombres y mujeres que, con esfuerzo y visión, dieron origen a este ejido. Recordó que detrás de cada parcela hay historia, sacrificio y una herencia que hoy sigue viva en sus descendientes.
Ese hilo histórico fue retomado por la representante del ejido, quien ofreció una reseña que transportó a los asistentes casi un siglo atrás. Narró cómo, en medio de la resistencia de hacendados y terratenientes, un grupo de campesinos se organizaba en la clandestinidad, reuniéndose en la oscuridad por temor a represalias, con un solo objetivo: conseguir un pedazo de tierra para trabajar.
Así nació la comunidad bajo el nombre de Santa Gertrudis, a partir de la dotación de tierras provenientes de diversas fincas. Con el paso del tiempo, y tras una segunda ampliación, el ejido adoptó el nombre de Las Crucitas, consolidando su territorio con más de 500 hectáreas entre agostadero y tierras de cultivo.
En la memoria colectiva quedaron los nombres de sus primeros fundadores: hombres y mujeres que abrieron camino en condiciones adversas, y a quienes se rindió un minuto de silencio, en un gesto que detuvo por un instante el bullicio festivo para dar paso al respeto y la gratitud.
Hoy, a 97 años de distancia, Las Crucitas es más que un punto en el mapa. Es una comunidad que ha sabido mantenerse firme, que reconoce su pasado y que construye su presente con la misma determinación de aquellos primeros ejidatarios.
La fiesta terminó, como debía ser, con música, baile y convivencia. Pero más allá del jaripeo, la comida o la callejoneada, lo que quedó claro es que en Las Crucitas la historia no se olvida: se celebra, se honra y se transmite. Porque ahí, en cada rincón, sigue latiendo el espíritu de quienes la fundaron.






